El secreto del hechicero

El secreto del hechicero

Durante toda mi vida he vivido una mentira. Los he engañado a todos y he usado métodos que debo confesar como reprobables para cumplir mis metas. No me siento orgulloso al reconocerlo, pero debo decir que he llegado lejos gracias a todo ello.

Nací a finales de siglo, en el seno de una familia muy poderosa e importante. Mi padre fue un gran protector de la magia y nuestro modo de vida. Mi madre fue la creadora de muchos de los hechizos que usamos hoy en día y mis hermanas mayores ya se habían demostrado como grandes prodigios que seguirían sus pasos.

Comprenderás, entonces, el gran peso que se cernía sobre mis hombros; todos esperaban que yo estuviera a la altura del legado familiar. Todos me decían lo importante que era y el gran futuro que me esperaba, hasta el punto que yo mismo me lo creí. No podía decepcionarlos.

El día que empecé en la academia de hechicería me sentía muy orgulloso, era mi momento para brillar. Al principio todo iba como la seda, nos ordenaban hacer pequeñas cosas y mi carisma, acompañado de mi talento, me hizo sobresalir entre mis compañeros.

El problema vino el día en que nos entregaron los antiguos pergaminos que debíamos aprender a leer. Fue tal barrera para mi que aún me estremezco sólo de recordarlo. Cuando observé el pergamino me di cuenta de que era incapaz de entender absolutamente nada. Era como tratar de comprender algo en idioma élfico. Ya sabes que para los humanos es completamente imposible tratar de entender siquiera una palabra.

Pero la rabia y la frustración fue en aumento cuando otros hechiceros inferiores a mí en otros aspectos comenzaban a conseguirlo. Yo me quedaba atrás y, aunque al principio trataba de ocultarlo, terminó siendo evidente para mis maestros.

No ser capaz de leer llevó a que me metieran en el grupo de los perdedores, esos que terminan ahí por ir más retrasados que el resto de hechiceros de la escuela. No era justo, yo tenía un gran talento y podía hacer grandes cosas. Había sido el mejor de mi grupo hasta ese momento y ahora todos me observaban como un apestado. Notaba como mi familia se avergonzaba de mí, pues no saber leer era una de las mayores deshonras para un hechicero. Juré por todo lo sagrado que saldría de ahí y todos reconocerían mi valía.

El tiempo demostró que aprender a leer era imposible, así que tendría que valerme de otras tácticas para demostrar mi valía. Como todo hechicero, estudié a mis enemigos, aquellos alumnos que habían aprendido a leer y ahora aprendían  hechizos. La mayoría no eran muy hábiles y lo hacían mucho peor que yo, si me dieran la oportunidad. No me la daban pero me mantuve al acecho.

Yo aprendía de la observación los encantamientos que se me había prohibido aprender por falta de contemplar los garabatos que aparecían en los viejos libros. Fue así como me prepararé a mí mismo para desempeñar este camino. Estaba seguro de que algún día llegaría mi momento.

Y llegó. Un día que mis compañeros decidieron probar sus nuevos hechizos con alguien que consideraban indefenso. Craso error pues terminaron siendo abatidos por uno de mis potentes conjuros.

Eso dejó claro para todos que yo no era ningún incompetente incapaz de hacer magia. Yo era un poderoso hechicero y lo había dejado claro ante toda la academía. Los maestros no daban crédito, pues no comprendían cómo podría haber aprendido un hechizo avanzado como ese. Terminaron decantándose por la opción más lógica para sus limitadas cabezas; obviamente yo no les desmentí.

Volvía a estar donde me corresponde pero debía esforzarme si no quería que descubrieran el engaño. Para ello, seguí observando a mis compañeros y a los profesores para aprender mediante la observación y, si algo no podía hacerlo, recurría a mi don de gentes y a la persuasión para que otros lo hicieran por mí. Eso hacía en los exámenes escritos; lograba que otros lo escribieran por mí o me dejaran copiar.

A medida que aumentaba el curso, tenía que recurrir a nuevas estratagemas como colarme en el despacho de los profesores y hacer una copia de los exámenes. Además de otras tácticas en las que prefiero no entrar en detalles.

No fue nada fácil, pero mi prestigio  y mi legado familiar estaban en juego. Finalmente, ogré convertirme en hechicero y desempeñaría mi trabajo sin la presencia de esos molestos trozos de papel. Incluso al dar clases a mis estudiantes lo hice sin libros y cuando debía apuntar algo siempre tenía un par de ayudantes que lo hacían por mí.

Todo iba bien hasta que tú llegaste con tu investigación y tus textos. No podías dejar las cosas en su sitio, tenías que indagar más de la cuenta y, fíjate ahora, en qué situación nos encontramos. Pero te pediría que, cuando la oscuridad te enloquezca en esa caja de pino, te quedes sin aire y el agua empiece a entrar, no me guardes rencor. Un hechicero debe proteger sus secretos.

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